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La exposición al sol continua y sin protección puede causar graves problemas a la salud; además del envejecimiento cutáneo prematuro puede provocar cáncer de piel. Aunque el sol puede tener efectos negativos (pigmentación desigual, envejecimiento de la piel, cáncer...), no debemos dejar de exponernos a él pues es una fuente de vitamina D, imprescindible para metabolizar el calcio.
La luz solar produce rayos infrarrojos (calor), luz visible (colores), ultravioletas (UVA, UVB) que producen el bronceado. Sin embargo, estas radiaciones provocan mutaciones en el material genético de las células de la epidermis. Estas mutaciones impiden su reparación y la creación de células nuevas, lo que inicia la formación de un cáncer. Los dos tipos más frecuentes de cáncer de piel son los melanomas y los carcinomas cutáneos. Los protectores solares actúan como una barrera contra los rayos nocivos del sol, incrementando el tiempo de tolerancia a los rayos solares (especialmente por rayos UVB), pero no anulan, en general, los efectos del sol en su totalidad. Si queremos que los protectores solares sean efectivos los debemos aplicar 30-45 minutos antes de iniciarse la exposición al sol. Al ser eliminados por el sudor y el agua lo debemos aplicar frecuentemente, y sobre todo después del baño. Debemos tener en cuenta que cada tipo de piel tolera de distinta forma la radiación solar; así, los de piel clara tienen menos capacidad para tolerarla que los de piel oscura. Por tanto, cada tipo de piel ha de utilizar el protector adecuado para él. Los recién nacidos y los bebés menores de 5 meses no deben exponerse al sol. A partir de esa edad, la exposición al sol debe llevarse a cabo con mucho cuidado, siempre protegidos por filtros solares altos, pues su piel es mucho más frágil y sensible a modificaciones por la radiación solar.
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